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UNA ESPIRITUALIDAD ABIERTA AL MUNDO

La vida misma de Ignacio, la orientación de su existencia, sus búsquedas, y los medios que usó para definirlas, ayudan a comprender la novedad de la espiritualidad ignaciana, y sus posibilidades.


Cuando Ignacio, el peregrino solo y a pie, se abrió a la lógica de Jesús de Nazaret, que a todos invita al seguimiento, se hizo comunidad para llevar su misión con otros. Al llamado de Cristo, le responde en la Iglesia, pidiendo siempre a Nuestra Señora, que lo ponga con su Hijo.


No crecemos solos, nuestras vidas se van enlazando con rostros, lugares, nombres. Maduramos cuando aprendemos a compartir sueños, historias, logros, noches oscuras. En las personas que nos rodean reconocemos la acción creadora de Dios. Nos disponemos, para la misión. La invitación a compartir la vida y la misión es un regalo que se hace a todos, en una dimensión comunitaria que enriquece: la disponibilidad significa humildad, sencillez, generosidad, pobreza, responsabilidad con otros. Es la correspondencia al llamado a ser personas de mirada amplia y universal, en diálogo. Es acercamiento, desprendimiento y respeto.


La espiritualidad ignaciana está marcada por el discernimiento. Vivir el discernimiento es la actitud básica de quien busca las señales de presencia de Dios en la realidad actual, reconociendo además todo lo que en nosotros traba nuestra respuesta a Él y a los demás. Discernir es creer realmente que Dios nos ama profundamente, y nos crea libres para amar. Discernir es optar por todo lo que nos hace amar más.
San Ignacio nos llama a mirar con los ojos de Dios, que recibe las debilidades y genera misericordia y esperanza; la experiencia de Su mirada ayuda a descubrir esa respuesta personal, que es servicio.

Susana Viñas
CVX- comunidad Pan de Vida
Equipo del CEIA

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