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La misión de los consagrados

Para que los consagrados y las consagradas despierten su fervor misionero y estén presentes entre los pobres, los marginados y con los que no tienen voz.

Vivir como consagrado es un desafío diario, ya que por un lado necesito desarrollarme en plenitud como ser único e irrepetible, y por otro lado crecer en mi vocación y pertenencia a la Compañía de Jesús, una organización con su estructura y carisma propios, que me envía a ser compañero de Jesús y en todo amar y a servir.

Muchas veces, estas dos dimensiones entran en tensión, por un lado, el compromiso de ser consagrado con sus tareas y sus obligaciones y por el otro mi “yo” profundo, y la fidelidad al encuentro personal con Él. Como si estas dos realidades fueran opuestas, a veces el mucho hacer y el trabajo terminan siendo obstáculo para la relación profunda con Aquél que es en definitiva el fundamento y razón primera de mi consagración, y debilitando el entusiasmo y el ardor misionero de la vocación.

Una sociedad que no ha aprendido a valorar la diferencia genera marginación y exclusión. Sin embargo, cuando observo el testimonio que dan los consagrados en medio de excluidos y desheredados, me pregunto ¿Qué podría ayudar a que esta presencia sea un estilo de vida y no una ayuda ocasional, en quienes han elegido consagrar su vida a Dios y a sus hermanos?

En respuesta viene a mi corazón la palabra misericordia. Formada por dos palabras, “miseria y corazón”. Y me recuerda que descubrir las miserias de mi corazón, debilidades y limitaciones, me abre al Amor sin condiciones del Padre Bueno. Así, mi vida diaria es encuentro misericordioso con abandonados y despreciados, miembros dolientes del cuerpo de Cristo, muy amados por Dios.

Y sólo el crecimiento de mi “yo” interior donde el Señor me habita, me hará posible reflejar la belleza, la dulzura, la generosidad y el Amor de Dios. Descuidar esa dimensión es no hacer lugar a que el Señor se exprese en mí y por mí a los demás.

Somos enviados al mundo desde el Corazón de Jesús, pura Misericordia, por eso no puedo quedar indiferente antes los “descartados”. Pero más aún, no quiero sumarme a tantos “desalmados” que no han descubierto el Amor gratuito y no se ponen en salida, hacia pequeños y afligidos, para ayudarles a recuperar su voz.

Pido por todos los consagrados/as para que, sabiéndonos y amándonos diferentes entre nosotros, nos vayamos complementando unos con otros, aceptando que somos misioneros del Padre de Jesús, llamados a cuidarnos y respetarnos como hermanos, en una realidad plural y diversa, a través del dialogo y la comprensión.

Carlos Ramón Canillas SJCoordinador Continental América Latina
Red Mundial de Oración del Papa

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