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A MÍ, A TI, A ÉL…, A NOSOTROS

John F. Kennedy en uno de sus discursos alentaba a los estadounidenses a cambiar la pregunta de base para el estado, es decir, en lugar de preguntar qué hace el estado por mí, preguntarse ¿qué hago yo por el estado? Sus palabras han sido caldo de innumerables talleres y charlas motivacionales, pues son una clara invitación a comprometerse, a involucrase en los problemas que atañen a la sociedad en su conjunto; a no delegar ninguna responsabilidad en la gestación de la solución del “problema”. Seguramente más de una vez nos alentamos nosotros mismos parafraseando estas ideas.

Sin embargo, cuando se trata de los problemas hondos de hombres y mujeres, aquellos que nos son comunes a todos, sin distinción de raza, color, credo o nacionalidad; como el dolor, la tristeza, la soledad, la enfermedad, la angustia, el hambre de…, solemos recurrir a la omnipotencia de Dios como solución. Nos exasperamos ante las innumerables miserias vivenciadas por los seres humanos en toda la redondez de la Tierra, y hasta interrogamos a Dios, el Todopoderoso, de por qué lo permite, lo tolera o lo acepta, sin hacer nada. ¿Realmente no hace nada Dios?

Personalmente creo que “hizo” varias cosas. Me hizo a mí, te hizo a ti, a él y a cada uno de los seres humanos que habitaron, habitamos y habitarán este hermoso lugar que es la Tierra. Nos hizo para que completáramos su creación, embelleciéndola con nuestras acciones, incluso nos hizo semejantes a Él, es decir capaces de amar y de ser libres.

Además, conociendo de nuestras debilidades y temores, envió a su Hijo, Jesús, para que nos enseñase con su propia vida y experiencia cómo llenar la creación de amor y misericordia para completarla y embellecerla.

Lo descorazonado del mundo, es obra nuestra, no de Dios, es el resultado de nuestras debilidades, temores, inseguridades y apegos desordenados. Poner remedio a estos males también lo es, sembrando generosidad, sinceridad, confianza, solidaridad, perdón, misericordia, en fin, amor.

Frente a las miserias que descorazonan el mundo, es nuestra elección qué hacer; depende de ti y de mi desplegar la capacidad de amar con que Dios nos creó y así hacer de este mundo un sitio más fraterno y acogedor o, en su defecto, encerrarnos en nosotros y esperar que alguien más, se ocupe.

Dios, me hizo a mí, a ti, a él, a nosotros. ¡Gracias, Señor!, ¿qué más necesitamos?

Fernando IanchinaAbogado
Equipo CTP Argentina-Uruguay

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