El amor del Padre expresado en el amor del padre

agosto 9, 2019
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Era apenas un niño, de unos cuatro o cinco años, y como todo niño le tenía miedo a la oscuridad, a estar solo. Todavía recuerdo como se sentía ese miedo. Mi padre todas las noches nos acompañaba al cuarto, a mi hermano (un año menor que yo) y a mí, nos tapaba y deseaba las buenas noches.

Muchas veces me despertaba de madrugada y, llorando, llamaba a mi padre. Él siempre venía apurado, antes de llegar me decía: “tranquilo, acá estoy”, me volvía a tapar y esperaba que me durmiera.

Sabiendo de mis miedos me enseñó dos cosas. Primero, me dijo que tener miedo es normal, que él también sentía miedo, y cuando uno se hace grande va aprendiendo a manejarlo. Eso me hizo sentir bien, él me comprendía, le pasaba lo mismo que a mí. Después de eso, me enseñó a rezar. Todas las tardes cuando él llegaba del trabajo nos sentábamos alrededor de la mesa y practicábamos el Padrenuestro, el Ave María y la oración al Ángel de la guarda. Después de que nos acostábamos y antes de desearnos las buenas noches, se sentaba a los pies de una de las camas y rezaba con nosotros estas oraciones. Nos decía que Dios iba a estar con nosotros, que Él era nuestro amigo, nos quería y nos acompañaba siempre. Antes de despedirse nos dejaba su rosario en el respaldo de la cama, nos daba un beso y nos deseaba las buenas noches.

Cuando leí la intención de este mes recordé enseguida cómo aprendí a rezar. Recordé a mi padre, recordé su rosario de madera colgado en el respaldo de mi cama y lo mucho que me gustaba rezar con él.

Hoy tengo 23 años y a pesar del tiempo que pasó nunca dejé de rezar antes de acostarme; aprovecho siempre para pedir por mi familia y para sentirme cerca de ese Dios compañero, ese Dios amigo, ese Dios que ante mis miedos me dice: “tranquilo, acá estoy”.

Fernando Báez
Novicio Jesuita Argentina – Uruguay

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