Reza cada día

Damos la vida junto a Él

  • Esta viuda pobre ha dado más que todos los otros… pues ella en su pobreza ha dado todo lo que tenía para vivir. (Marcos 12,43-44)
  • Después tomó el pan en sus manos y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Esto es mi cuerpo, entregado a muerte en favor de ustedes. Hagan esto en memoria de mí. (Lucas 22,19)
  • Yo soy la esclava del Señor, que Dios haga conmigo como me has dicho. (Lucas 1,38)
  • Les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer. (Romanos 12,1)
  • Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (Hebreos 10,9)
  • Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno; todo es vuestro, disponed conforme a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta. (San Ignacio, Ejercicios Espirituales 234)

Unir la vida a Cristo nos ha de llevar a dar la vida por los demás como Él lo hizo. Nos hace descubrir que, a pesar de nuestra pobreza y limitación, nuestra vida es útil a otros. Sabernos amados, elegidos y habitados por Él nos dignifica, nos llena de gratitud y nos hace capaces de responder a tanto bien recibido ofreciendo la propia vida en disponibilidad a su misión. La ofrecemos actuando contra el egoísmo y la comodidad que muchas veces frustran el deseo de Dios en nosotros. El Señor nos invita a darle nuestro sí generoso, como hizo María de Nazaret. No quiere salvarnos ni cambiar el mundo sin nosotros. Aún cuando nos parezca de poco valor, ofrecerle nuestra disponibilidad se hace útil a otros porque el Padre asocia ese ofrecimiento a la vida y al Corazón de su Hijo, quien se ofrece por nosotros en la cruz. Puestos con Jesús, nos hacemos más cercanos al sufrimiento del mundo y buscaremos responder como Él lo hizo. Expresamos al Padre esta disponibilidad mediante una oración de ofrenda diaria. Suplicamos con humildad al Espíritu no ser obstáculo a su acción. Nos inspiramos y alimentamos de modo especial de la celebración de la Eucaristía, donde reconocemos la ofrenda perfecta de Cristo al Padre, modelo de nuestra vida ofrecida.

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